Haré cuanto pueda para recuperar mi memoria que va perdiéndose poco a poco.
Empezar una vida es lo más bonito que puedan conocer todos los padres por primera vez. Primero el sacrificio para tener que pasar nueve meses, a veces algo duros. Después de llegar al mundo, qué alegría y qué ilusión para con mucho cariño y mucho amor, verlo ir creciendo, etc ...
De pequeños todos sabemos como son los niños, revueltos y atrevidos. Yo era un tanto así; recuerdo mis primeros juegos que me gustaba mucho jugar con los chicos, juegos como jugar a la trompa, a los bufos ... Esto eran dos mitades de cartas juntas en un coro, en el suelo y con un tacón de goma de zapato o albarca, le dábamos al bufo para ganarle al compañero, también al escondite, a la gallinita ciega etc ...
Poco a poco vas creciendo, el jugar va cambiando y la necesidad de nuestra vida también. Teníamos que trabajar como fuera para comer. Lo primero fue la cuerda, pero hay mucha tela, éramos una familia numerosa, pero nada más.
Con cinco hermanas, mi madre y mi padre, que por desgracia estaba enfermo y falleció joven, dejando como ya he dicho, cinco hijas, mi Regina con dos años y hasta catorce años la mayor. ¡Qué panorama!.
Volvamos a la cuerda, que era nuestra primera defensa, nuestras primeras fatigas. Las más castigadas fueron mi madre y yo, aunque todas nos tocó bastante. ¿Qué pasó?, pues me explico:
Primero iba mi madre a recoger el esparto, luego ya íbamos temprano, lo mismo íbamos a la Lloma, a La Quebrantá de la Seu, Puntal Blanc, La Lloma Les Cloches, que por cierto, primero había que estirar el esparto y con un palo atado que le llamábamos el Collidor, con un trapo atado a la muñeca y enrollar el esparto, tirar de él y habían veces que estaba muy duro.
El calor, el sudor y la sed nos atropellaba, sin contar el hambre que era tan grande que cuando veníamos hacia casa no teníamos fuerza ni aliento para nada. Yo era joven pero mi madre me partía el alma al verla sufrir de aquella manera tan lastimosa. Agua, bebíamos de clocha o charcos que se hacían entre las piedras cuando llovía y que a veces estaba con gusanitos y “patorex”, pero tirábamos un puñado de esparto y nos amorrábamos y así nos servía de filtro para que no pasasen los bichos, que alguno pasaba para dentro.
Y seguimos con la misma tragedia, cuantas y cuantas veces repetíamos el mismo trabajo casi cada día porque no podíamos hacer otra cosa, porque aquella era la más necesaria entonces, para nosotras. Otro día cuando íbamos a coger el esparto, mi madre tenía miedo pero yo tenía menos. Solíamos ver lagartos bastante majos y también culebras por el monte y cruzamos el camino que teníamos que pasar, qué impresión podía haber en nuestro cuerpo, podéis imaginarlo.
Con el cansancio, el sudor y el hambre y con una cuerda atada a las alpargatas medio rotas e incluso mi madre sin nada. Y otra cosa:
Algunas veces teníamos un poco de suerte y encontrábamos algún carro que entonces iban a labrar la tierra con caballerías y nosotras, en la carga. Nos la dejaban en la carretera, en la esquina de la casa de mis suegros, la tía María la Mocha que en paz descansen los dos. Prosigo ...
Mi madre, como toda madre de sus hijos siempre sufrieron para poder darles algo de comer y cuando pasaban por una viña, higos, almendras, dátiles de las palmeras del monte y modroños que son sabrosos y que creo que esa fruta se ha perdido. La metía en el delantal o un saquito de merienda entre el esparto, al centro y cuando llegaba a casa, las cinco hijas muertas de hambre, ¿cómo cogeríamos aquel manjar, imaginároslo?
Ella, lo primero que hacía, lo recuerdo bien, era lavarse la cara y los pies, etc ... y quitarse aquel sudor, y comíamos sopas, aunque fueren de ajo, pero entonces todo era más bueno que el hambre.
Tenemos de toda la vida un huerto pequeño aquí abajo, en la providencia, que a mi madre y a mí nunca se nos terminaron las ganas de trabajar, estoy orgullosa de haber sido así, y aún me dura, si no en fuerza, sí en mi pensamiento. En la huerta, como no había ningún árbol, plantábamos toda clase de verduras, incluso melones y calabazas. Las llevábamos a asar al horno que a mi madre le gustaba mucho así como las otras verduras como tomates, cebollas, patatas, ajos.
Cuando recogíamos estas cosechas, cargadas de la huerta a casa, la extendíamos en cañizos que hacíamos nosotros mismas y siempre echábamos mano a lo que necesitábamos, todo lo que he nombrado lo abonábamos con el estiércol que hacíamos en casa de los animales, y sin latas ni plásticos que entonces nada de lo que hay ahora, tantas porquerías y tanta contaminación. También y no sé como decirlo, teníamos una jarra grande en corral que allí hacíamos nuestras necesidades y mi madre y yo, con todo el valer y ganas, llenábamos unos cántaros adrede para esa faena, con la boca muy ancha, los vaciábamos mezclando con el agua y a la huerta a regar. De allí salían verduras sabrosas y naturales, no lo de ahora. Con los desperdicios y maíz que cogíamos criábamos conejos, patos, gallinas que era la única carne que probábamos, excepto lo que a continuación diré:
Íbamos creciendo y siguiendo sin dejar la cuerda, ya comenzamos a ir a jornal. Otra cruz, desde las algarrobas hasta las olivas que al día siguiente de las fiestas de Agosto, todo el pueblo preparado con los ganchos de caña, los carros con los sacos a fardos y todos a madrugar y a luchar por esos montes calurosos con mucha sed y mucho sudor a la hora de comer. Cansadas comíamos y descansábamos una hora más o menos, y las moscas no nos dejaban. Sin poder dormir nada, a las 3 de la tarde, a repetir hasta que el sol no se metía en la Sierra, no recogíamos.
Veníamos por las malas carretera, todas de tierra y pedruscos y andando. Llegábamos a casa ni que decir, nos lavábamos cara y pies y mi madre nos hacía la cena. Alguna vez comíamos olla de col, otra un perol de arroz con judías blancas. Recuerdo que teníamos una fuente grandecita, mi madre la llenaba y las seis comíamos en la misma fuente.
Otra comida que para nosotras, siendo pobres, era un manjar, ¿y qué sería? Pues eran patatas con caldo con nombre de bacalao. Lo digo así porque es una verdad como todo lo que estoy escribiendo. Con una cuerda, íbamos a casa de la Pilarica y nos daba un puñadito de los retales y desperdicios del bacalao, y con eso, un ajo, y un sofrito, cacerola de patatas llenábamos la tripa y felices como si fuese un manjar. Y ahora, también os diré, y creerme que es verdad, no muchas veces pero sí alguna, y no me acuerdo de quien nos lo llevaba a casa, pues ni más ni menos que era alguna culebra o algún lagarto, lo pelábamos y era una carne muy fina.
También os diré algo más fuerte, ¿qué será?, ni más ni menos que ratas de corral. El Tío Cabo, la Tía María la Polonia y madre lo podrían confirmar, pero como no están, queda ahí. Como teníamos muchos animales y comían, bueno, les echaban cuatro puñados de maíz, trigo y buenos pastaos de salbao, aquellas ratas eran más buenas que los conejos. De vez en cuando ya tenías al Tío Cabo ó la Tía María con su capaza y su caza dentro. Le decían a mi madre: “Lina, ya tenéis carne fresca”.
Y qué felices éramos, con lo que se presentaba. Volvíamos al trabajo y haciéndonos mayores, repito, llegábamos a padecer tanto que no sé como lo podíamos resistir.
Empezamos a ir a trabajar a la Masía de Lechon y Capellá, también nos tocó algo en esas Masías. Recuerdo del tío Sento el Fabes, el tío Ferre, y no me acuerdo más en este momento. La cuestión es que tenían unos campos de almendros, de olivos, viñas de uva que nunca llegaban al final e higos, lo mismo.
Bajaban de Gátova, de Marines y de Olocau, unas cuadrillas de chicos y chicas, todos a trabajar a las Masías del término de Olocau, que muchos subían al pueblo Miércoles, otros hasta el Sábado no iban a casa. Primero a recoger la cosecha, por todos los campos veían las cuadrillas, después hacían una tendida de cañizos en la Masía con asientos de tablas de madera y llenaban los cañizos. Con cuchillos o navajas, todo el mundo a pelar almendras. Como digo, había una gran temporada que jornales, no faltaban. Ganábamos tan poco y trabajábamos tanto que no se puede explicar cómo lo resistíamos.
También recuerdo cuando Anita, Tereseta, La Pita y María y Visantica la Collaua y yo detrás, habían campos de alfalfa, comida para todos los animales del Mas y nosotros con azadas pequeñas, rascábamos las malas hierbas que salían entre la alfalfa para que se criara verde y tierna. Pero era un trabajo muy fuerte, a rastras por el suelo y con el calor del sol quedábamos fritas. También a rascar cebolla, cuando las plantaban, si no se quitaba la hierba se comía las cebollas más pequeñas.
También recuerdo a Visantica la Collaua, con una azada bastante grande, yo si mal no recuerdo, era para la Masía. Íbamos a rascar los surcos de una viña, toda la mala hierba y descubrir los trncos de las cepas, a plegar sarmientos y cuanto trabajo rústico, más de hombre que de mujer, pero no había donde escoger. ¡Inexplicable Señor! Era más fuerte de lo que uno se puede imaginar.
Yo trabajaba con mucha fatiga, siempre ahogándome, lo puede afirmar Palmira, cuando íbamos por los montes de Dios, lo que yo sufría. Y cuando era tiempo de ir a segar Palma, a Barcelona, los cuatro hermanos Pasteras, Chordi, los dos hermanos Nasios, primero iban todos juntos, luego ya íbamos Batiste y yo, nos alojábamos en una Masía. Éramos muy queridos por los dueños. Todos los días cuando segábamos la Pala primero, estábamos 15 días esperando hasta que se secaba.
Ya empezábamos a plegar. Si cortarla era duro, mucho más era plegarla, porque teníamos que recorrer dos veces el mismo terreno. Batiste la ataba en fajos y dando vueltas iba a para al fondo. Nosotros bajábamos detrás, arrastrándonos con un pie delante y el otro detrás, por unos casquillares de grava y pinchos en las manos y pies, que alguna vez se nos infectaba con lo que teníamos que cargar con la cruz a cuesta.
Batiste con cuatro fajos de palma y yo con dos, atados con una soga que la pasábamos por debajo del brazo para poder arrastrar esa carga tan pesada que nos hacían buenas rozaduras en todo el cuerpo, llegábamos al cargador, nos descargábamos y volvíamos a repetir.
Encontrábamos toda clase de bichos buenos y alguno peligroso. Habían cachirulos con agua en que los bichos también se metían dentro, pero nosotros con nuestro miedo teníamos tanta sed que teníamos que beber. Muchas veces iba sola por aquellos barrancos porque Batiste estaba un poco lejos y yo no tenía otro remedio.
Ya, a la hora de marcharnos llegábamos a la Masía, nos lavábamos y a preparar la cena, Lo único que necesitábamos era descansar y dormir. Al día siguiente otra vez la misma rutina. Si algún día me quedaba en la Masía, era para bajar a Sitges a comprar la comida que nos hacía falta. Solo estaba a media hora de lejos, pero yo solita por el camino, tropezando con todo lo que se presentaba, tanto bichos como algún desconocido sin decir más. Cagada de miedo llegaba al Mas. También iba más de una vez de Gavá en tren, bajaba en la estación de Vallcarca y allí cogía senda arriba yo sola. Solo pasaba por un Maset, no veía a nadie y el trayecto era más de una hora. Cuando de lejos divisaba la masía que entonces estábamos los cuatro hermanos Pasteras, y Chordi, se me abrían los pulmones. Lo que ganábamos era para hacer lo que en casa no podíamos, recoger ni una perra.
Nos dio el corral de ganado de la abuela Mocha y nos hicimos la primera parte de la casa donde estamos viviendo. La hicimos en tres tongás. Y recordando un poco atrás, y esto fue hace tantos años que hacíamos cuerda, que dábamos la vuelta haciendo cuerda a todas las manzanas del barrio. También nos íbamos al Trinquet y subíamos a las ventanas del Castillo para hacer cuerda, que por cierto hacía maromas con dos ruedas o atados, que ponían a una distancia de 20 o 30 metros, cortaban las piteras, solo dejaban el ojo y hacían el hilo de pita. Cuando ya tenían el hilo hecho, lo trenzaban y hacían sogas, el hilo más fuerte de aquel tiempo.
Ah, ya viene otra cosa. Estando haciendo cuerda, subidas en los algarrobos, nos dieron la mala noticia que había estallado la guerra. Todas asustadas, cómo nos íbamos a imaginar lo que nos esperaba ahí. Empezaron a hacer refugios por las calles para protegernos de las bombas. Desde la puerta de la Tía Lina hasta la de Tereseta Blay, cruzando “el planet”, era una galería y allí nos metíamos cuando venían los aviones. Había un hombre encima de la Peña Maimó con una bandera, creo que era blanca, y cuando venía, movía la bandera, y todos corriendo a los refugios, que en las casas del Pla del Castell y en todas tenían. El pueblo se llenó de soldados, había un regimiento en los corrales del lavadero.
Todos los muertos de hambre, todos los días cogíamos jarras o cazos y nos íbamos a que nos pusieran la malta y con algún trozo de chusco aunque fuera duro, nos hacíamos sopas, a medio día lo mismo, el rancho que les sobraba nos lo repartía.
Un día, Anita, Tereseta la Collaua, yo y más, estábamos en el fondo de la caseta Lechon, arrancando cebada, pasaron los aviones y con mucho miedo, fueron a descargar una bomba a casa de Perico, quedando entre los escombros un tío de la Casa, que por cierto no lo mató, y tres o cuatro más en el Pou de Mañes. Aquello ya nos cagó, cogimos dos o tres familias, y fuimos a parar a la Coveta del Bandoler, cargadas de cacharros y patatas o lo que teníamos. Allí fuimos a parar. Aun tuvimos suerte que había un aljibe cerca que estaba lleno de agua. De allí nos trasladamos al Corral del Campillo del Tío Ruperto y entre el corral y los algarrobos, sin faltarnos el agua del Aljibe, no sé cuanto tiempo pasó.
En guerra, venga a marcharse quintas de hombres para Extremadura, Zaragoza, Teruel, para todas partes había guerra. Esos frentes tan sangrientos, tantos muertos caían por todas partes, muchas familias no supieron nunca más de maridos e hijos. Por último, la quinta del biberón, unos crios que en Olocau dejó una huella que nunca se borrará, casi murieron todos, todos los padres estaban destrozados.
Terminó la guerra. El Mas de Champin, lleno de militares, se marcharon todos a sus tierras. La Masía quedó vacía. Habían jefes gordos pero quedaron muchas cosas de valor. De Olocau fueron unos cuantos carros y disfrutaron recogiendo lo que más valor había en alhajas y otras cosas que lo que nunca se sabrá de verdad. Los que fuimos detrás y andando, cogimos lo que nadie quiso, recuerdo solo unas tijeras ... y se termina la memoria.
La Post-Guerra fue muy dura para la pobreza, que había mucha. Nosotras cinco hermanas sin más remedio, cada una se puso de criada. La Tere en el horno que tenía el Tío Roque y la Tía Dolores. Vicenta en la carnicería del Tío Pepe y la Tía Paca. Entonces se mataban los animales, corderos y cerdos en casa del Tío Pepe el Cabrero, era el matarife. Sacaban una mesa grande a la calle y entre cinco o seis hombres, ataban las patas al cerdo, le clavaba el cuchillo al cuello y debajo en el suelo, un lebrillo grande. Allí se arrodillaba la Tía Elvira de Lluiset y con las manos, sin parar de mover para que no se cuajara, sacaba una espuma y unas babas, que aquello decían que era la rabia del animal, las tripas y patas.
La pobre Visantica la Lina escaldaba las patas, y las tripas, cargada al barranco por donde corría mucho el agua, lo limpiaba todo y para casa después con las patas y las tripas, todo para hacer una tanda, y la sangre, tanto de cordero como de cerdo, con unos lebrillos pequeñitos salía casa por casa por el pueblo. Todos le compraban aquel manjar. La sangre nos gustaba con delirio, frita con cebolla o sola. Las patas, hacíamos tanda con unas patas y un sofrito, que los dedos se nos pegaban de la gelatina.
Bueno, yo estuve de niñera cuidando dos hermanos muy pequeños. Yo tampoco era muy grande, solo estuve un mes y me pagaron dos pesetas, buen negocio, ¿no os parece bien?
A continuación la Tere y Carmen se fueron al Grao. La mayor de treinta o cuarenta pesetas que ganaba, aun nos mandaba algún paquete con bacalao y latas de sardinas. Lo que sobraba era para hacerse el ajuar, que si mal no recuerdo se casó por el estilo que yo. No llegó a media docena de sábanas y cuatro toallas. Luego fui yo, y no quería estar. Estuve un año o dos. Me cambié de casa, estuve siete años en la misma casa ...
Ya nos íbamos casando. Yo fui a vivir a Gavá, primero a casa de mi cuñada Milagro y cuando encontramos un piso nos fuimos. Estuvimos un año y después tenía a mis dos hermanas Vicenta y Regina que iban a trabajar cada día a la fábrica de candados a Cornellá. Iban con bicicleta o en autobús. Ya se casaron las dos. Regina se fue a Francia, Vicenta se quedó en el piso y nosotras nos vinimos a Olocau.
Ahora pido disculpas, no quiero que queden sin estar escritas. Y es que cuando nos quedábamos de noche haciendo cuerda hasta las cuatro de la madrugada, nos alumbrábamos con la lumbre del fuego y el candil. No había luz eléctrica, la oscuridad en todas las cosas era como un misterio.
Termino esta pequeña historia con mucho amor y un abrazo fuerte para quien apruebe mi poca inteligencia.
María La Lina